Mundo Rural: Crisis vs Oportunidad. Oda a la vida rural.

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Idea original de Alberto Porres Dulce

Durante los últimos meses, el medio rural ha sido un tema relevante en los programas electorales de política nacional y en los medios de comunicación en España. Esto se debe a la España rural que ocupa el 90% del territorio nacional, sin embargo, solo concentra el 20,7% de la población total del país: de los 8.125 municipios que hay en España, 7.376 no pasan de 10.000 habitantes. Y, de este grupo, la inmensa mayoría (3.975) tienen menos de 500 empadronados.

Todo ello, lleva a la conclusión de que lejos de minimizar el problema de la despoblación rural en España, las áreas rurales continúan despoblándose y una parte de ellas corre el riesgo de desaparecer. De los 8.125 municipios que vertebran nuestro territorio, alrededor de 6 de cada 10 municipios rurales tiene una población menor de 500 habitantes y se encuentran en riesgo de extinción.

Por ello, hemos decidido poner «voz», mejor dicho letra, a una importante generación que va a ser capaz de revertir esta situación: la generación millennial. ¿Saben ese niño que creció en los 90, vivía y estudiaba en una capital de provincia, pero se pasaba toda la semana esperando al sábado para poder “subir al pueblo” y perderse con sus amigos sin entrar en casa hasta el domingo? Pues ese era mi caso y el de muchos más que crecieron conmigo. Sin embargo, los tiempos han cambiado y ya no quedan familias que sigan esa rutina de “subir al pueblo”.

Los abuelos de esos niños ya no viven allí por diferentes razones; los que ahora son abuelos lo tienen más complicado, las casas son estacionales (frías y abandonadas en invierno), ya no hay niños, jóvenes, adultos ni ancianos llenando de vida las calles que vieron crecer a generaciones. Los padres de la generación que supuso el primer éxodo rural en los 70, comienzan a originar el segundo.

El drama se acrecienta cuando gente de avanzada edad, cuyas vidas dependen de visitas rutinarias a doctores, se enfrentan a una sanidad inexistente y una oferta escasa, en algunos casos, de artículos de primera necesidad. Como consecuencia directa de este paradigma, menos gente visita los pueblos y de forma ocasional, ya que no es lo mismo pasar un fin de semana en casa de tus abuelos, que representaba ese calor acogedor de la chimenea, que subir un sábado y tener que calentar toda la casa para un día. Los pueblos son meros núcleos estacionales (típicamente verano y Semana Santa) que, durante el resto del año, permanecen abandonados como muchos artículos de actualidad destacan.

Por todo lo comentado anteriormente, y como joven que creció en un pueblo de provincia y que ha estado viajando y viviendo fuera, voy a presentar mi punto de vista tras decidir volver a mis raíces, aquellas que nunca quise abandonar.

Aunque en mi DNI apareció durante gran parte de mi vida que era residente en Logroño, que era donde estudiaba y desarrollaba mi vida, en mi mente siempre me he considerado “de pueblo”. Como dicen los «gurús de internet», ser de pueblo es un estado mental.

En perífrasis, uno no es de donde nace, sino de donde pace, y yo doy buena fe de haber “pacido” buenos caparrones de Berceo cada sábado. Ir cada fin de semana al pueblo con mis padres intentando convencerlos de ir lo antes posible y regresar cuando más tarde mejor. Subir desde que te dan las notas al final del curso hasta unos días antes de empezar el siguiente. Coger el autobús, o coche de línea, como dicen los lugareños, el viernes y cambiar los jueves universitarios por coger el coche y poner rumbo a Berceo.

Llegados a este punto de mi exposición, se podría argumentar que, quizá, he desperdiciado mi juventud y adolescencia por ir a un pueblo donde casi no había gente y no haber disfrutado de lo que estaba acorde y en armonía con mi generación.

¡Pero nada más alejado de la realidad! Disfruté de todos los eventos universitarios que pude, me mudé a Malta al terminar la universidad, donde estuve 5 años que fueron espectaculares y que no cambiaría, sin embargo, siempre fantaseaba con la idea de volver al pueblo y a Berceo.

A medida que avanzamos en este compendio de beneficios de la vida rural, entre los lectores podría ser tentadora la idea de percibirme como el típico chico de pueblo, que le gusta la caza, la pesca, los todoterrenos, abandonar el instituto e ir siempre con ropa deportiva. Sin embargo, supondría caer en un cliché que, como en la mayoría de los casos, supondría simplificar una realidad que, aunque en ocasiones podría ser representativa, en la mayoría de las situaciones es un estereotipo bien diferente.

Por mi parte, pienso en mí mismo como alguien que siempre supo que cuando tuviera la oportunidad e independencia suficientes, regresaría al pueblo y, sinceramente, con el tiempo y la madurez aún estoy más convencido. Y por tanto, he tomado la decisión: desde hace más de 1 año vivo en mi pueblo.

Mucha gente a mi alrededor me pregunta: ¿y vas todos los días a Logroño a trabajar? ¡Qué pesadez! Este es mi caso concreto, y aunque me gustaría disponer de mi propio negocio en Berceo donde espero el momento perfecto para lanzar mi empresa, esa es la migración pendular que afronto.

Desde un punto de vista objetivo, muchas personas en los 70 emigraron a las ciudades ya que eran los núcleos urbanos con una oferta laboral y de servicios más sólida. Pero la imposibilidad de regresar de forma diaria a los pueblos por los medios de transporte y comunicación de la época, ya no es una realidad representativa en 2019 con coches más seguros, más rápidos, mejores carreteras e infraestructuras, etc. En mi caso concreto, y con un coche de gama media con el que nunca supero los 100 km/h, tardo 35 minutos de puerta a puerta, prácticamente lo mismo que tardaba en bajar andando a la universidad. ¿Cuánta gente en las grandes ciudades afronta tiempos de commuting de casi una hora para llegar al trabajo…?

De forma adicional, siempre me gusta presentar el caso, cada día más común, de la gente que tiene el lujo de trabajar desde casa, así que ¡qué mejor que hacerlo desde un entorno idílico y bucólico!

Otra de las preguntas más comunes es: ¿dónde haces las compras? Aquí siempre destaco que, aunque soy partidario de comprar en el pequeño comercio local, vivimos en la era de internet y este llega hasta el pueblo más pequeño, teniendo acceso así a grandes marketplaces como Amazon, que te acercan a ciertos puntos de recogida cualquier producto que hayas adquirido en la plataforma. Además, una característica de las casas de los pueblos es que tienen amplias despensas, lo que te permite hacer la compra de productos no perecederos cada dos meses, y así evitar ir a la compra cada semana.

En lo relativo a la fruta y verdura, no hay nada mejor que tener un huerto particular donde cultivar y disfrutar de tus propios productos frescos, así como compartir con los vecinos los productos de la comarca caseros o ir a la carnicería del pueblo más cercano.

Siempre, y tras responder a estas preguntas con relativa facilidad, me suelen plantear: ¿no te aburres solo? En este caso, tengo el privilegio de poder disfrutar de la compañía de mi pareja sentimental y mis perros. ¿Pero qué diferencia hay entre vivir en una ciudad e ir del trabajo a casa, tomar algo con tus compañeros como afterwork o ir al gimnasio y cuidar del jardín o huerto, salir a caminar tranquilo por caminos sin riesgo de coches, pasear en bicicleta, ir a pescar o ir a sacar fotos? Es decir, poder hacer de forma cotidiana todo lo que la gente en las ciudades espera con ansia toda la semana laboral para hacer el fin de semana.  Esta idea es tan potente que una vez la has asimilado, no puedes sacártela de la cabeza porque te hace sentir un gran privilegiado.

Por supuesto, es innegable aceptar que también hay muchas desventajas (difícil acceso a sanidad, farmacias, cajeros automáticos…) las cuales, en su inmensa mayoría, podrían solventarse consiguiendo que más gente retornara a los pueblos. Por esta misma razón, es crucial incentivar la llegada de jóvenes que establezcan nuevos negocios o empresas, consiguiendo incentivar la economía local.

Por supuesto que no me gustaría cerrar este escrito citando las desventajas de un modelo de vida que me apasiona, por lo que culminaré mi oda a la vida rural citando la primera estrofa de “Vida retirada”, de Fray Luis de León:

¡Que descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Nos vemos por el valle…

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